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“El gato” de Manuel Vicent qué quiere decir ¿el que se lleva al agua o el capado? 

En primer lugar, me gustaría decirle a Manuel Vicent, que no es necesario que tenga el espíritu averiado para psicoanalizarse. Cuando un paciente llega con demasiados síntomas a nuestras consultas, lo primero que hacemos es curarlo para que se pueda comenzar a tratar y sus síntomas no entorpezcan su psicoanálisis. El psicoanálisis, como cualquier otra ciencia, es un derecho y una libertad para toda la humanidad. No es un privilegio ni de enfermos ni de locos. La ciencia comienza siempre por curarnos de nuestras propias supersticiones. Abandonar nuestros fantasmas o nuestras fantasías no es otra cosa que cambiar antiguas maneras de pensar.

El psicoanálisis permite al paciente hablar, es decir, asociar libremente en un espacio y un tiempo determinados, para que no exhiba más en público su sexualidad en carne viva. Freud dijo, en “El poeta y la fantasía”, que cuando el espectador contempla las fantasías de un artista, siente un enorme placer gracias a la prima de placer preliminar que su ars poetica nos entrega. Pero cuando es el neurótico quien nos cuenta sus fantasías, lo único que nos produce es indiferencia o, en el peor de lo casos, nos resultan repelentes.

Durante la sesión, el paciente no necesita hablar de nada en concreto: ni siquiera de aquello que considera más importante: sus problemas, sus síntomas, “su complejo de castración frente a un padre autoritario”, etc. Hable de lo que hable, el paciente siempre hablará de su deseo. Cualquier cosa, por nimia o anodina que sea (“la película que vio el sábado, que la tía del pueblo le ha mandado unas torrijas, que no ha tenido más remedio que capar al gato...”), tiene que ver con el deseo del sujeto. Precisamente, son las cosas insignificantes de la vida cotidiana las que permiten asociar al paciente con mayor libertad. Allí donde su conciencia considera que no está diciendo nada importante, levantará la censura y permitirá al sujeto cometer lapsus, olvidos, repeticiones, mostrando de este modo los desplazamientos y las condensaciones que lleva acabo el inconsciente. Hablando de “los graves problemas que le da su gato capado”, por ejemplo, el paciente muestra su posición frente a la Ley, es decir, si ha aceptado o no la ley del incesto. Sólo para alguien que sigue gozando con su madre, es decir, para un neurótico, un gato capado constituye una amenaza de castración, por ejemplo.

El deseo no está en ninguna zona profunda u oscura del alma o del cuerpo. Lo más profundo del ser humano es su piel y sus palabras: en cualquiera de sus frases está, al mismo tiempo, lo conciente y lo inconsciente. Por eso es tan importante que el sujeto hable, de cualquier cosa, pero que hable. El método del psicoanálisis (sólo hay uno), se llama método de interpretación-construcción y permite, mediante la escucha adecuada de un especialista, construir un deseo para cada sujeto.

Finalmente, me pregunto si “el gato” de la columna se refiere al gato que se lleva al agua o al capado. Probablemente signifique las dos cosas, pues el autor ha conseguido algunas interpretaciones gratis con su columna del domingo pasado: con lo que, en cierto modo, se ha llevado “el gato al agua”.

Ruy Henríquez

24 de mayo de 2006

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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